Retorica
Retorica Aristóteles coloca esta Tópica maior en su lugar más lógico, o sea, en el cap. II 19, al término de su estudio de los enunciados retóricos y tras la breve transición del cap. II 18. Sin embargo, el referido II 19 se mantiene en todo momento en la óptica de los géneros oratorios[314] y no alude a la concepción de los enunciados como «probabilidades» y «signos». La relación de la Tópica maior con estos últimos se halla justificada, no obstante, en el párrafo de 1359a6-29, con que se cierra I 3, y que es, sin duda, una interpolación del filósofo, puesta aquí para homogeneizar este capítulo con las conclusiones de I 2. Esto demuestra que Aristóteles ha mantenido durante mucho tiempo una vacilación fundamental en torno a los enunciados emocionales (subjetivos), sólo resuelta, según hemos visto, cuando ha hallado para ellos un modo de descripción objetiva; esto es, cuando ha incorporado el modelo de la «causalidad psicológica» como un instrumento technikós de la retórica. Probablemente por esto, el cap. II 19 pertenezca a esta etapa intermedia (a la que, como sabemos, pertenece también, en parte, el cap. II 18), en la que los factores psicológicos, ya admitidos como instancias de análisis del prâgma, no han sido introducidos todavía como auténticos enunciados retóricos. Al producirse la sistematización analítica de la Retórica, Aristóteles no ha hecho, por tanto, sino interpretar la Tópica maior en el sentido de una Tópica del fundamento, extendiendo su campo de aplicación a todas las probabilidades y signos[315]. Y eso es justamente lo que se lee en el citado párrafo final del cap. I 3. De lo que se trata, según este importante pasaje, es de disponer de un instrumento de control que determine los límites de la persuasión —de lo plausible— con referencia a la cuota de verdad —a la probabilidad objetiva— de las proposiciones retóricas[316]. El orden metafísico sobre el que se asienta el fenómeno de lo retórico se traduce, así, por medio de la Tópica maior, en un sistema estructurado de lugares lógicos, que establecen «condiciones que son absolutamente comunes»[317] a todos los enunciados persuasivos: todos, en efecto, o bien han de referir a algo posible, o bien han de poder reducirse a hechos, o bien han de determinar la cantidad (la magnitud) que corresponde a un atributo en relación con otro. Ningún argumento puede, ciertamente, traspasar estas condiciones; pero también, a la inversa, todos los argumentos pueden disponerse como derivados de ellas, puesto que de ellas reciben su objetividad las probabilidades y los signos.