Retorica
Retorica No hay duda de que Aristóteles se encontró una Atenas distinta de la que él había dejado y de que él mismo debía sentirse también muy diferente. En los últimos años de su permanencia en la Academia, los tiempos habían sido, pese a todas las dificultades, bonancibles. La constitución moderada de Trasibulo, con su vuelta a la moral tradicional y a la legislación «de los padres», había proporcionado una paz duradera en la que las disputas ideológicas adoptaron en todo momento un tono teórico sin agrios compromisos políticos o conmociones sociales. La primera Retórica respondía muy bien a este clima: como sabemos, se trataba de fijar un modelo de paideía que, aun si en el marco de lo plausible y lo contingente, ofreciese la posibilidad de enjuiciar las conductas de los hombres, considerándolas como instancias estables sujetas a calificación moral. Después de Queronea y de las rigurosas condiciones de la alianza con Filipo, la Atenas que encontraba ahora Aristóteles era, en cambio, una ciudad cercada por problemas ingentes, insegura de su propia supervivencia y sometida otra vez a la crispación de las banderías políticas. Era imposible marginarse de esta atmósfera que implicaba al cuerpo social entero. Pero, más aún, tal atmósfera urgía a poner de nuevo el problema de la paideia en el centro de las preocupaciones filosóficas, y ahora en una perspectiva dramática.