Retorica
Retorica La naturaleza y fines del arte retórico quedan, pues, ahora definitivamente establecidos por Aristóteles. Frente al ideal platónico que pretendía una completa absorción de la vida práctica en los márgenes de su hiperbólico concepto de dialéctica, pero igualmente frente a los sofistas, que disolvían toda norma en un haz de perspectivismos hermenéuticos y voluntarismos ético-político, Aristóteles acota un campo de reflexión, sin duda limitado en su valor epistemológico, pero de grandes consecuencias para la vida humana, y en el que, en definitiva, se hace patente la constancia de su fidelidad al programa de la paideía filosófica. Johnstone[336] ha percibido con toda rectitud que el encuadramiento de la persuasión en los parámetros de un paradigma lógico supone una concepción de lo persuasivo como mecanismo de influencia sobre los factores irracionales de la conducta humana. No se trata ya —o no prioritariamente aquí— de hacer posibles juicios morales sobre tipos de conductas definidas de antemano; sin renunciar a esta base, se trata ahora de fundar decisiones prácticas que pueden orientarse en sentidos diversos o incluso tener un resultado contrario al que se pretendía. En esta óptica de intervención, los temas que forman el universo de lo persuasivo (los asuntos de los discursos y los elementos psicológicos de los hombres) quedan organizados en una arquitectura razonable, en la que la misión de la retórica, del lógos convincente, es hacer que transparezca y cobre una dimensión pública el cálculo racional. Y aun si es cierto que no hay modelo lógico que pueda proporcionar conocimientos científicos sobre un horizonte de creencias siempre discutibles, Aristóteles cree, al menos, que, con el que él ofrece, pueden armonizarse las opiniones más dispares en un sistema de referencias comunes, cuyos cánones de discusión permitan mantener los conflictos dentro de un espacio de limitada repercusión social. Desde esta perspectiva, la fuerza de la retórica no consiste tanto en el contenido de verdad que posee —una verdad de todos modos inaccesible, puesto que remite a la resolución de posibilidades aún inciertas o aún no consumadas—, cuanto en que solicita el razonamiento como componente de la acción del hombre. Con ello, en fin, y por decirlo con las palabras de Pieretti, Aristóteles ha conferido a la retórica «una fisonomía que no constituya un instrumento peligroso para la estabilidad de la polis», sino, al contrario, que actúe como un factor de regulación social «privado en sí mismo de cualquier implicación ideológica»[337].