Retorica

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En el cap. III 11, con el que Aristóteles concluye el análisis formal de la léxis (antes de aplicar ésta a los distintos géneros oratorios), dicha función queda representada por la posibilidad de «poner ante los ojos», de «hacer que salte a la vista» aquello que es objeto de la persuasión[245]. Éste es, dice el filósofo, el principal privilegio de las metáforas[246], pero también, en general, de toda expresión retórica «adecuada»[247]. El oyente se persuade, porque ve con toda nitidez (enárgeia) lo que se le dice, es decir, porque algo que resulta de una serie de operaciones lógicas —en las que reside estrictamente el acto de la persuasión, pero ante las que el interlocutor queda perdido— se le muestra con los caracteres propios de lo sensible, añadiendo al prâgma de lo persuasivo el lenguaje —el sýmbolon— adecuado a su capacidad. Esta sensibilización es persuasiva porque «aparece como verdad» y porque propone, en este nivel, una a manera de «enseñanza»[248] semejante a la de las demostraciones científicas. Pero es, en todo caso, la sensibilización de un argumento lógico-retórico, de modo que, aun sin dejar de ejercerse éste en el tópos o lugar común que le corresponde, la persuasión resulta del uso de enunciados específicos que son susceptibles de contener en concreto a tal tópos o lugar común.



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