El juguete rabioso
El juguete rabioso SolĂa echar algunos parrafitos conmigo, y en tanto escogĂa un descalabrado botĂn entre el revoltijo de hormas y rollos de cuero, me iniciaba con amarguras de fracasado en el conocimiento de los bandidos más famosos en las tierras de España, o me hacĂa la apologĂa de un parroquiano rumboso a quien lustraba el calzado y que le favorecĂa con veinte centavos de propina.
Como era codicioso sonreĂa al evocar al cliente, y la sĂłrdida sonrisa que no acertaba a hincharle los carrillos arrugábale el labio sobre sus negruzcos dientes.
CobrĂłme simpatĂa a pesar de ser un cascarrabias y por algunos cinco centavos de interĂ©s me alquilaba sus libracos adquiridos en largas suscripciones.
AsĂ, entregándome la historia de la vida de Diego Corrientes, decĂa: —Ezte chaval, hijo… ¡quĂ© chaval!… era ma lindo que una rroza y lo mataron lo miguelete…
Temblaba de inflexiones broncas la voz del menestral:
—Ma lindo que una rroza… zi er tené mala zombra…
Recapacitaba luego:
—FigĂşrate tú… daba ar pobre lo que quitaba al rico… tenĂa mujĂ© en toos los cortijos… si era ma lindo que una rroza…