El juguete rabioso
El juguete rabioso En la mansarda, apestando con olores de engrudo y de cuero, su voz despertaba un ensueño con montes reverdecidos. En las quebradas habÃa zambras gitanas… todo un paÃs montañero y rijoso aparecÃa ante mis ojos llamado por la evocación.
—Si era ma lindo que una rroza —y el cojo desfogaba su tristeza reblandeciendo la suela a martillazos encima de una plancha de hierro que apoyaba en las rodillas.
Después, encogiéndose de hombros como si desechara una idea inoportuna, escupÃa por el colmillo a un rincón, afilando con movimientos rápidos la lezna en la piedra.
Más tarde agregaba:
—Verá tú qué parte ma linda cuando lleguez a doña Inezita y ar ventorro der tÃo Pezuña —y observando que me llevaba el libro me gritaba a modo de advertencia:
—Cuidarlo, niño, que dineroz cuesta —y tornando a sus menesteres inclinaba la cabeza cubierta hasta las orejas de una gorra color ratón, hurgaba con los dedos mugrientos de cola en una caja, y llenándose la boca de clavillos continuaba haciendo con el martillo toc… toc… toc… toc…