El juguete rabioso

El juguete rabioso

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—No es nada malo. Resulta que Enrique estaba jugando al billar con otro muchacho y sin querer rompió el paño de la mesa. El dueño quiso cobrarle y como no tenía plata se armó una trifulca.

Estamos en casa de Enrique.

Un rayo rojo penetra por el ventanuco de la covacha de los títeres.

Enrique reflexiona en su rincón, y una arruga dilatada le hiende la frente desde la raíz de los cabellos al ceño. Lucio fuma recostado en un montón de ropa sucia y el humo del cigarrillo envuelve en una neblina su pálido rostro. Por encima de la letrineja, desde una casa vecina, llega la melodía de un vals desgranado lentamente en el piano.

Yo estoy sentado en el suelo. Un soldadito sin piernas, rojo y verde, me mira desde su casa de cartón descalabrada. Las hermanas de Enrique riñen afuera con voz desagradable.

—¿Entonces?…

Enrique levanta la noble cabeza y mira a Lucio.

—¿Entonces?

Yo miro a Enrique.

—¿Y qué te parece a vos, Silvio? —continúa Lucio.

—No hay que hacerle; dejarse de macanear, si no, vamos a caer.

—Anteanoche estuvimos dos veces a punto.


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