El juguete rabioso
El juguete rabioso —SÃ, la cosa no puede ser más clara —y Lucio por décima vez relee complacido el recorte de un diario:
—¿Asà que el club se disuelve? —dice Enrique.
—No. Paraliza sus actividades por tiempo indeterminado —replica Lucio—. No es programa trabajar ahora que la policÃa husmea algo.
—Cierto; serÃa una estupidez.
—¿Y los libros?
—¿Cuántos tomos son?
—Veintisiete.
—Nueve para cada uno… pero no hay que olvidarse de borrar con cuidado los sellos del Consejo Escolar…
—¿Y las bombas?
Con presteza Lucio replica:
—Miren, che, yo de las bombas no quiero saber ni medio. Antes de ir a reducirlas, las tiro a la letrina.
—SÃ, cierto, es un poco peligroso ahora.
Irzubeta calla.
—¿Estás triste, che Enrique?
Una sonrisa extraña le tuerce la boca; encógese de hombros y con vehemencia, irguiendo el busto dice: