La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel EMPLEADO 1.º. —¿Qué tiene que ver el subsuelo?
MANUEL. —No sé. La vida no se siente. Uno es como una lombriz solitaria en un intestino de cemento. Pasan los dÃas y no se sabe cuándo es de dÃa, cuándo es de noche. Misterio. (Con desesperación). Pero un dÃa nos traen a este décimo piso. Y el cielo, las nubes, las chimeneas de los transatlánticos se nos entran en los ojos. Pero entonces, ¿existÃa el cielo? Pero entonces, ¿existÃan los buques? ¿Y las nubes existÃan? ¿Y uno, por qué no viajó? Por miedo. Por cobardÃa. MÃrenme. Viejo. Achacoso. ¿Para qué sirven mis cuarenta años de contabilidad y de chismerÃo?
MULATO (enfático). —Ved cuán noble es su corazón. Ved cuán responsables son sus palabras. Ved cuán inocentes son sus intenciones. Ruborizaos, amanuenses. Llorad lágrimas de tinta. Todos vosotros os pudriréis como asquerosas ratas entre estos malditos libros. Un dÃa os encontraréis con el sacerdote que vendrá a suministraros la extremaunción. Y mientras os unten con aceite la planta de los pies, os diréis: «¿Qué he hecho de mi vida? Consagrarla a la tenedurÃa de libros». Bestias.
MANUEL. —Quiero vivir los pocos años que me quedan de vida en una isla desierta. Tener mi cabaña a la sombra de una palmera. No pensar en horarios.
EMPLEADO 1.º. —Iremos juntos, don Manuel.