La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel SUSANA. —Sin embargo, de acuerdo a los grabados clásicos, usted deja mucho que desear como pastor. ¿Por qué no lleva cayado[2] y zampoña[3]?
JUAN. —Los tiempos no están para tocar la zampoña.
SUSANA (poniéndose de pie y examinándole de pies a cabeza). —Guapo mozo es usted. Me recuerda a Tarzán. (Para sÃ). Musculatura eficiente. (Mueve desolada la cabeza). Pero no… es mejor que se vaya… que vuelva al bosque de donde salió…
JUAN. —¿Por qué? No veo el motivo.
SUSANA (trágica). —Una horrible visión acaba de pasar por mis ojos. (Profética). Lo veo tendido en los escalones de mármol de mi palacio, con siete espadas clavadas en el corazón…
JUAN (golpeándose jactanciosamente los bÃceps). —¿Siete espadas, ha dicho, señorita? ¡Que vengan! Al que intente clavarme, no siete espadas, sino una sola en el corazón, le quebraré los dientes.
SUSANA. —Me agrada. Asà se expresan los héroes. (Grave). Pobre joven. ¿PodrÃa albergarme en su cabaña, pocos dÃas?
JUAN. —¿En mi cabaña? Pero usted… tan hermosa. ¡Oh!, sÃ… pero le advierto que mi choza es rústica… carece de comodidades…