La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel SUSANA (melancólica). —¿Te aperpleja, no? Pues yo me miro en el espejo de los rÃos, y al descubrirme aparatosa como una vagabunda, me pregunto: ¿Es posible que una reina por derecho divino se vea constreñida a gemir piedad por los bosques, fugitiva a la revolución organizada por un coronel faccioso y algunos tenderos ensoberbecidos?
JUAN. —Ah… ¿De modo que el responsable es el Coronel?
SUSANA (violenta). —Y los tenderos, Conde, los tenderos. Esta revolución no es obra del pueblo, sino confabulación de mercaderes que pregonan que el hombre desciende del mono y de algunos españoles con deudas de monte con puerta. Tú no entiendes de polÃtica, pero te diré que mis más fieles amigos han debido fingir adaptarse a este régimen nefasto. Me esperan, ya lo sé, pero… en tanto… hazte cargo… para salvar la vida tuve que disfrazarme de criada y huir por un subterráneo semejante a ignominiosa vulpeja.[4]
JUAN. —Episodio para amedrentar a una robusta matrona, cuanto más a una virginal doncella.
SUSANA. —¡Con qué palabras, Conde, te describirÃa los trabajos que acompañaron mi fuga! ¡Cómo historiarte las argucias de que tuve que valerme para no ser ultrajada en mi pudor!
JUAN. —¡Oh… pero no lo fue, no, majestad!