La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel SUSANA. —Me lo figuraba, querido pastorcito. Vaya si me lo figuraba. No todos los días, a la vuelta del monte, tropieza un cabrero con una reina destronada.
JUAN. —Mi suerte es descomunal.
SUSANA. —¿Comprendes, ahora, la inmensidad de mi desgracia?
JUAN. —Majestad… la miro y creo y no creo…
SUSANA. —Me has llamado majestad. ¡Oh sueño! ¡Oh delicia!… ¡Cuántos días que estas palabras no suenan en mis oídos!
JUAN (arrodillándose). —Majestad, permítame que le bese la mano.
Susana se la da a besar con aspavientos de gozo inenarrable.
SUSANA (enérgica). —Pastor, quiero pagarte el goce que me has regalado. Desde hoy agregarás a tu nombre el título de conde.
JUAN (reverente). —Gracias, majestad.
SUSANA. —Te nombrarás el Conde del Árbol Florido, porque tu alma es semejante al árbol fragante. Perfuma a los que se amparan a su sombra.
JUAN. —Sus elogios me desvanecen, majestad. Su desventura me anonada.