La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel ESCENA
Oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando un cielo infinito caldeado en azul. Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera como reclutas, trabajan, inclinados sobre las máquinas de escribir, los empleados. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del JEFE, emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados en el espacio por la desolada simetría de este salón de un décimo piso.
EL JEFE. —Otra equivocación, Manuel.
MANUEL. —¿Señor?
EL JEFE. —Ha vuelto a equivocarse, Manuel.
MANUEL. —Lo siento, señor.
EL JEFE. —Yo también. (Alcanzándole la planilla). Corríjala. (Un minuto de silencio).
EL JEFE. —María.
MARÍA. —¿Señor?
EL JEFE. —Ha vuelto a equivocarse, María.
MARÍA (acercándose al escritorio del JEFE). —Lo siento, señor.
EL JEFE. —También yo lo voy a sentir cuando tenga que hacerlos echar. Corrija.
