La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel Siguiendo a SIMONA entran al cuarto dos hombres vestidos de mecánicos. Sostienen soportes horizontales de madera, un aparato cubierto de bolsas. Los presentes se miran sorprendidos. Depositan la carga en el lugar donde estaba la mesa, simétricamente, de manera que el bulto queda encuadrado sobre el fondo rojo que traza el trono junto al muro.
HOMBRE 2.º. —Hay que firmar aquÃ. (Le entrega a SAVERIO un talonario que éste firma. SAVERIO les da una propina. Los hombres saludan y se van. SIMONA queda de brazos cruzados).
SAVERIO. —No la necesitamos, Simona. Puede irse. (SIMONA se va de mala gana).
SAVERIO (cierra la puerta, luego se acerca al armatoste). —Señoritas, doctor, no podrán ustedes menos de felicitarme y reconocer que soy un hombre prudente. Vean. (Destapa el catafalco[12], y los espectadores que se acercan, retroceden al reconocer en el aparato pintado de negro una guillotina).
LUISA. —¡Jesús! ¿Qué es eso?
SAVERIO (enfático). —Qué va a ser… Una guillotina.
PEDRO (consternado). —¿Pero, para qué una guillotina, Saverio?
SAVERIO (a su vez asombrado). —¿Cómo para qué?… y para qué puede servir una guillotina.
