La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel SAVERIO (siempre frÃo). —Indudablemente, señora, los hijos son un consuelo.
SUSANA. —¿Lo escucharon? (Suplicante). ¿Levantaron acta de su frialdad burlona? Los hijos son un consuelo. ¡Contéstanos, hombre siniestro! ¿Fuiste consuelo de la que te engendró? ¿Qué madre venenosa adobó en la cuna tus malos instintos? ¿Callas? ¿Qué nodriza te amamantó con leche de perversidad?
SAVERIO (siempre frÃo y ausente). —Hay razones de Estado.
SUSANA (violentÃsima). —¡Qué me importa el Estado, feroz fabricante de desdichas! ¿Te he pedido consejos, acaso? Bailaba con mis amigas en los prados, al son de los violines… Violines… qué lejos estáis… ¿Te llamaron acaso mis consejeros? ¿Te solicité que remendaras leyes, que zurcieras pragmáticas? Pero guarda silencio, hombre grosero. Te defiendes con el silencio, Coronel. Tuya es la insolencia del caporal[18], tuya la estolidez del recluta. Pero no importa. (Suave). Lo he perdido todo, sólo quiero ganar un conocimiento…, y ese conocimiento, Coronel, que es lo único que te pido, es que me aclares el enigma de la criminal impasibilidad con que me escuchas.