La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel SUSANA. —A la elocuencia de la inocencia ultrajada el Coronel la llama literatura. Mírenme, señores duques. Hagan la caridad. ¿Es digno de una reina mi atavío? ¿Dónde están las doncellas que prendían flores en mis cabellos? Miro, las busco inútilmente y no las encuentro. ¡Ah, si ya sé! ¿Y mis amigos? Mis dulces amigos. (Gira la cabeza). Tampoco los veo. (Ingenua). ¿Estarán en su hogar, acariciando a sus esposas, entregados a tiernos juegos con sus hijos? (Terrorífica). No. Se pudren en las cárceles. En sus puestos, traman embustes los apoderados del Coronel. (Burlona). Del Coronel que no se digna mirarme. ¿Y por qué no me mira el señor Coronel? Porque es duro mirar cara a cara al propio crimen. (Se pasa una mano por la frente. Permanece un segundo en silencio. Se pasa lentamente las manos por las mejillas). ¡Dura cosa es el exilio! ¡Dura cosa es no tener patria ni hogar! Dura cosa es temblar al menor suspiro del viento. Cuando miro a los campesinos ensarmentando viñas y escucho a las mozas cantando en las fuentes, torrentes de lágrimas me queman las mejillas. ¿Quién es más desdichada que yo en la tierra? ¿Quién es el culpable de esta obra nefasta? Allí está (Lo señala con el índice), fríamente sentado. Receloso como el caballo falso. Mientras él retoza en mullido lecho, yo, semejante a la loba hambrienta, merodeo por los caminos. No tengo esposo que me proteja con su virilidad, no tengo hijos que se estrechen contra mi pecho buscando generosa lactancia.