Los Lanzallamas
Los Lanzallamas ¿Qué es lo que se opone, por otra parte, a que me case con la Cieguita? SerÃa el dÃa más feliz, más brutalmente extraordinario de su vida. Supongamos que yo pudiera convertirme en Dios. ¿Qué harÃa yo? ¿A quién condenarÃa? ¿Al que hizo mal porque su ley era hacer mal? No. ¿A quién condenarÃa, entonces? A quien habiendo podido convertirse en un Dios para un ser humano, se negó a ser Dios. A ése le dirÃa yo: ¿Cómo? ¿Pudiste enloquecer de felicidad a un alma y te negaste? Al infierno, hijo de puta.
Haffner se detiene y observa.
Entre la blancuzca suciedad de muros antiguos y que conservan rectangulares rastros de piezas de inquilinato, eliminadas por la demolición, trabajan en las grúas hombres rubios de traje azul. Los camiones van y vienen cargados de greda. En la calzada, autos a los que les falta el cuarto de baño para ser perfectos, con chóferes tan graves como embajadores de una potencia número 2, conducen en sus interiores mujercitas preciosas, perfil de perro y collares de cuentas gordas como las indÃgenas del Sudán Negro.