Los Lanzallamas
Los Lanzallamas La risa se había borrado ahora del semblante del Astrólogo. Se levantó pálido, y fijando una dura mirada en Barsut prosiguió, caminando al mismo tiempo de un punto a otro del cuarto:
—Estoy hambriento de revolución social. ¿Sabe lo que es tener hambre de revolución? Quisiera prenderle fuego por los cuatro costados al mundo. No descansaré hasta que haya montado una fábrica de gases. Quiero permitirme el lujo de ver caer la gente por la calle, como caen las langostas. Sólo respiro tranquilo cuando me imagino que no pasará mucho tiempo hasta el día aquel que unos cincuenta hombres a mi servicio tiendan una cortina de gas de diez kilómetros de frente.
Barsut lo miró sorprendido al Astrólogo. Este hablaba solo. No se dirigía a él. Iba y venía en el reducido cuarto, que se llenaba del volumen de su vozarrón y el eco de sus resonantes pasos. El cabello encrespado sobre su sólida cabeza transparentaba, al pasar bajo la lámpara eléctrica, canas brillantes como virutas de plata.
Lo miró incoherentemente a Barsut y prosiguió: