Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—Eso mismo. Un bandido ejecutado con el ceremonial estético indispensable vale por cien pilletes muertos de mala manera. Además, seamos consecuentes… —el Astrólogo se ríe frotándose las manos—. A un X o a un XX no se lo puede ejecutar como a un patrón de panadería. A los bandidos gordos hay que colgarlos… Al patrón de panadería se le puede fusilar, pero a un X… ¡qué diablo! Hay que ahorcarlo con todas las reglas del caso. A simple vista parecería que ahorcar y fusilar es lo mismo, pero no… Para ahorcar hay que preparar el cadalso, transportar las maderas a medianoche y despertar a los vecinos; esto crea una atmósfera de interés digna de todos los latrocinios que ha cometido el ilustre pillete que se va a colgar…

La puerta del escritorio se entreabrió, y el judío Bromberg asomó su cabeza cabelluda, diciendo al tiempo que miraba incoherentemente el mapa de los Estados Unidos, con sus banderas negras clavadas en los territorios donde dominaba el Ku Klux Klan:

—Hay un señor que dice que es abogado y amigo del señor Haffner.

El Astrólogo sonrió y, mirándolo a Barsut, le suplicó:

—¿Quiere dejarme solo, amigo mío? Aquí llega otro futuro “cáncer"


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