Los Lanzallamas

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Bruscamente Hipólita vuelca su flanco hacia la derecha. En el cuarto hay un terrible hedor a humedad. El tabique deja pasar el ruido del taco de las botas de un hombre que se desviste. Un punto amarillo luce en el tabique. Es luz del otro cuarto. Piensa: aquí espían. Se acuerda de que el cuarto tiene el tapizado rojo, y se dice: Quizá saquen fotografías pornográficas. Se muerde los labios. Allí al lado hay un desgraciado. Yo podría pasar, entrar a su pieza y hacerlo feliz. Y no lo hago. El pondría los ojos grandes cuando me viera entrar, se arrodillaría para besarme el vientre, pero después que me hubiera poseído la cama le parecería demasiado chica para dormir los dos.

Reciamente, Hipólita gira sobre sí misma. Aquel circuito amarillo le es intolerable. “Células femeninas revolucionarias”. Es cierto entonces. Todo es cierto en la vida. Pero ¿en dónde se encuentra la verdad que pide a gritos el cuerpo de uno? Y de pronto, Hipólita exclama:

—¿Qué me importa a mí la felicidad de los otros?

Yo quiero mi felicidad. Mi felicidad. Yo. Yo, Hipólita. Con mi cuerpo, que tiene tres pecas, una en el brazo, otra en la espalda, otra bajo el seno derecho.


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