Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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¡Qué me importan los demás si yo estaré así, siempre triste y sufriendo! Jesús, Jesús era un hombre. Hipólita sonríe; le causa gracia una idea. Jesús no tenía pinta de “cafishio”. Lo seguían todas las mujeres. El la hubiera podido hacer “trabajar” a la Magdalena. Se ríe despacio, tapándose la boca con la almohada. ¿Qué dirá el de al lado? Luego, temerosa de haber concitado alguna ira misteriosa y alta contra su cabeza, se dice: “Una no tiene la culpa de pensar ciertas cosas”. En realidad, se ha reído porque ha pensado en el escándalo que hubieran provocado esas palabras si las hubiera lanzado en una asamblea de mujeres devotas.

El cansancio la aplana lentamente en la cama. Su rostro queda otra vez más rígido. ¿Y por qué no? ¿Por qué no hacer la prueba? Sublevar a las mujeres. Tiene fuerzas para ello. Repite: “Tengo sueño y no puedo dormir. Pero ese maldito tampoco tiene sueño. Todavía no apagó la luz”. En efecto, el disquito amarillo continúa en el muro. ¿Quién será? ¿Algún viejo ladrón que no encontró a quien robar? ¿Algún asesino? ¿Algún pederasta? ¿Algún muchacho que se fugó de su casa? ¿Algún marido desdichado?

Hipólita se levanta. La cama está tan gastada que ni rechina el elástico. En puntas de pie avanza hacia el muro. Encoge el cuerpo. Pone un ojo a la altura del agujero.


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