Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Es un viejo, que permanece sentado a la orilla de la cama. Las puntas de sus pies casi tocan el suelo. Se ha quitado una media. La otra, rota, sirve de fondo rojo al amarillo pie desnudo. Hipólita mira la cabeza. Tiene sobre el cogote la nuez de la garganta aguda, el perfil con la mandíbula caída, la frente desmantelada, un ojo inmóvil y globuloso, los labios despegados. Con un pie descalzo, el hombre, sin pestañear, mira al frente. La luz de la lámpara suspendida del techo cae sobre su espalda encorvada. Las vértebras dorsales marcan anfractuosidades en la lustrina del saco. La nuez de la garganta, el labio despegado, el ojo caduco.

Hipólita mira, cierra los ojos, los vuelve a abrir y ve el pie desnudo, calloso, inmóvil sobre el dorso de la media roja. Hipólita se siente anonadada ante la inmovilidad de ese cuerpo, separado de ella por el espesor de un tabique de madera. Tendrá cincuenta años, sesenta. ¡Vaya a saber! El hombre no se mueve, mira a su frente con fijeza de alucinado. Hipólita siente que en la superficie de su cerebro estallan burbujas de ideas que al hundirse en ella se ahogan. Le duelen las espaldas de estar tanto inclinada. Pero… ¿cuándo ha hecho el hombre ese movimiento que ella no vio? Sin embargo, estaba mirando y no ha visto que el viejo apoyaba en la franela de su camiseta el cañón de un revólver niquelado.

—No —susurra rápidamente un fantasma en el oído de Hipólita.


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