Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Cae la tarde; el bombero de guardia se pasea con el máuser al hombro frente a la caverna rectangular, y él se acuerda de la “merza”38 que a esa hora toma el vermut en la Terraza o en el Ambos Mundos. Seguramente se prepara un “escolazo” para la noche en Belgrano bajo, o al Sur de Boedo, o en Vicente López, y como fantasmas pasan ante sus ojos los contertulios de la ladronera de los hermanos Trifulca, reducidores39 y batidores.
—¿Por qué no hablás? —insiste la voz.
Haffner se acuerda. El sol cae en la pradera, y bajo un sauce con mantel de pasto y techo de cielo corre la alegría de un picnic “mafioso”: siete perdularias40 con sus siete hombres, todos revólver al cinto, sombrero empinado sobre la frente y la cara blanca y tierna de fomentos al vapor.
Alguien ha tomado la guitarra. Una vidala41 suena triste, y el porrón de ginebra embadurna los labios de fuego y los ojos de coraje. Las “milongas”42 entornan los párpados y retoban las caderas en pujo de baile; luego el moreno Amargura desenfarda el bandoneón, y en el pasto verde se destrenza el tango, negro ritmo de carnaza sensual y angurrienta.
Un fuego de ginebra corre por la garganta. Ante sus ojos se detiene el charco de agua y orines.
La pregunta repiquetea en su oídos:
—¿Por qué no batís? ¿Quién fue? ¿El lungo o el pibe Miflor?