Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Porque las castigó a todas. Desahogando en ellas la ferocidad de su aburrimiento, una rabia persistente y canalla que estallaba en él por cualquier insignificancia.
Sí, se acuerda, aunque está por morirse. ¿No la tuvo toda una noche de invierno encerrada en la parte exterior de un balcón a la Coca? Y sin embargo, a través de los vidrios se escuchaba el ulular del viento. Más tarde diría, comentando ese suceso:
—Y tan bestia era esa mujer, que no reventó.
Y con Juana la Bizca. A ella le decía:
—Te pego por principio, porque un hombre siempre tiene que pegarle a su mujer.
¡Si hizo atrocidades! La domesticó a la Vasca… La Vasca, que tenía el perfil de cabra y el pelo rizoso y bravío como la crin de un toro. Tan feroz era la bestia que para que no lo mordiera la tuvo un mes atada a una cama de bronce, y durante treinta días la desmayó a bastonazos. Y como era pecosa, para afinarle el semblante le daba al atardecer una ración de aceite castor, poniéndole un embudo entre los dientes. Después descubrió que no sabía caminar, y para impedir que diera pasos largos le ató los tobillones con una cadena, de modo que la fiera acostumbrara a dar pasos cortos. Cuando la mujer escuchaba el eco de sus pasos el rostro se le quedaba sin sangre.