Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Haffner tuerce la cabeza, penosísimamente. Una canción distante llega hasta sus oídos. La conoce. Levanta el párpado, pero no distingue a nadie, mientras que la voz sonora canta en la sala:

O Mamri, o Mamri,

Cuando sonna agul per se pe tu

Fammi durmi una notte abbraciattu cuté.46

El Rufián Melancólico galopa en pleno recuerdo. La canción evoca el carrito de verdura que un chicovecino suyo arrastraba junto al padre. El padre llevaba un clavel Rojo tras la oreja, y la mató de un puntapié en el vientre a su esposa, la que llevaba arrancadas amarillas, como gitana, entre el pelo renegrido y que también cantaba a veces en la batea la canción aguda como el canto de un gallo en un mediodía de oro:

Fammi durmi pe una notte abbraciattu cuté.

¡Ah! También cantaba esa canzoneta Pascuala, gorda como una marrana y que regenteaba la casa del napolitano Carmelo. Carmelo se levanta frente a sus ojos con los rulos de cabello negro sobre el cogote rojo, mientras que cinchándose la enorme tripa con una faja verde le grita en el oído al Rufián Melancólico:

—La vitta e denaro, strunsso.47

Como una culebra de fuego, la sed se adentra en las entrañas del macró. Y nuevamente, sin saber por qué, le dice:

—A esa no debí pegarle.


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