Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Una fuerza tangencial se apodera de su memoria, en ángulo se desplaza el alma fuera de su cuerpo, y de pronto una fisonomía lejana avanza en engrandecimientos sucesivos hacia su última hora. Una carita pálida y alargada, enmarcada por un sombrerito de esterilla verde y la nariz quizá un poco larga. Y por primera vez, el “fioca” se dice:
—A ésa no debí pegarle.
Ahora se desploma en un pozo negro. La nada.
El auxiliar de investigaciones ronda sombrío el lecho del moribundo. Clava una penetrante mirada en el rostro del moribundo y soliloquia.
—No sale de la tarde este hijo de puta. ¿Quién le habrá tirado? ¿El Lungo? No es probable. Pero el Lungo debe saber. El Pibe Miflor es una fija que “está metido en el baile”. La que debe saber del Pibe Miflor es la mechera45 Julia. Donizzetti la vio varias veces con el Pibe Miflor. Si el pibe Repoyo hubiera sabido algo, habría ya telefoneado. ¡Qué “tuerza”, mi madre!
El Rufián Melancólico entreabre un párpado. Vertiginoso, el auxiliar Gómez se inclina sobre él y susurra:
—Nene... te hago traer una horchata si “cantás”. Una horchata heladita.