Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—¿Por qué cometió ese pecado?

—Por tristeza, hermana. Estaba muy triste. Me hacía sufrir mucho.

Nuevamente aquellos ojos blancos, inmóviles, la sondearon como un escalpelo. La monja Superiora hizo una señal a sus dos compañeras y ambas salieron. Elsa quedó sola, sentada en el banco, frente a la vieja terrible que parecía hipnotizada en su tiesura de expectativa. Movió los labios y sopló:

—Justifíquese.

Elsa inclinó la cabeza. Hacía dos horas que había abandonado al Capitán, y ya la vida se precipitaba sobre ella más violenta que un aluvión de fango. Si hubiera cometido un crimen, su futuro no se le presentaría más sombrío. Cerró los párpados; al abrirlos dos lágrimas se le desprendieron de las pestañas y corrieron por su mejillas.

La monja Superiora, inmóvil frente a ella, dejaba estar sus ojos blancos. Elsa hizo un esfuerzo sobreponiéndose a su deseo de desplomarse sobre una cama y dormir, y habló.


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