Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Tenía algo. Algo que… ¿Por qué no me habló? Nunca hasta entonces anduvo tan silencioso. Llegaba de la fábrica a las doce y media, almorzaba con la nariz metida en su libro de física, y luego se tiraba encima de la cama. Por lo general no dormía, sino que se quedaba mirando un rincón del cielo raso. A veces, una arruga gruesa como una vena le cortaba la frente. Si se le hablaba en esas circunstancias daba un salto, como si lo hubieran sorprendido cometiendo un delito. Y yo, que lo dominaba como quería, no sé por qué en esos momentos sentía tal respeto por él, ¡que lo hubiera abrazado y apretado fuertemente! Pero su mirada hosca me paralizaba todo impulso de amor. No sé si él se daba cuenta de lo que en mí pasaba, pero tenía la impresión de que aunque su cuerpo se movía, en el fondo de él su alma quedaba inmóvil, acechándome como un enemigo. Sí, porque me acechaba. Hasta creo que durante un tiempo pensó en matarme. No sé por qué, pero me parece. Conversábamos un día de un crimen que había tenido resonancia; estábamos precisamente en la mesa, la sirvienta había salido, y él contestó:

—Realmente, el asesino ha sido un estúpido. Con haber preparado un cultivo de bacilos y dárselo en la sopa… ―precisamente yo estaba tomando la sopa― o en el café, quiero decir —agregó él—, la cuenta estaba liquidada.


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