Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —¿Y vos serías capaz de hacer tal cosa, de asistir a una agonía lenta?
Aunque se reía a carcajadas, sus ojos estaban serios. Me contestó:
—¿A una agonía? Y a diez… si fuera necesario. No me conocés, querida mía —la voz le temblaba como si lo estremeciera el odio. Luego agregó—. ¿Por qué no? Naturalmente, antes de cometer un crimen habría que familiarizarse con la idea, pensar en él, de manera que en la conciencia de uno, “eso” dejara de ser un crimen para convertirse en un asunto vulgar.
—Pero ¿tú serías capaz? —insistí yo.
—Creo que sí.
Ese “creo que sí” lo dijo pensativamente, con tanta tristeza y resignación que de pronto me dio una lastima enorme. Me puse pálida, y con lágrimas en los ojos, adorándolo como nunca, me abracé a su cuello y le dije:
—Pero ¿qué te pasa que estas así tan triste? ¿Qué te pasa? ¿Por qué no hablas?
Con frialdad se separó de los brazos y, sonriendo cínicamente, me contestó:
—¡Estás loca! No tengo nada, mi hija. ¡Qué divertida que sos!