Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Desde entonces adoptó conmigo una conducta reservada, fría. Cuantas veces quise acercármele y avanzaba ligeramente, me detenía en el impulso el choque con la atmósfera helada que rodeaba su cuerpo, y que parecía escaparse del brillante mirar de sus ojos fijos. Era como pasar del sol al sótano de un frigorífico.
Desde la cama donde él estaba tendido dejaba caer los ojos hacia mí, pero con tanta indiferencia, que a medida que yo trataba de penetrar en su silencio, su silencio se hacía en la profundidad cada vez mas denso, como el agua que en el fondo del océano debe tener la consistencia del acero.
Y yo comprendía que sus primeros silencios eran a los silencios que vendrían después, como su semblante de criatura respecto a esta otra, su cara presente, cortada desde los pómulos en mejillas de planos tumultuosos, con la arruga del ceño mas hinchada y los párpados, el ceño y los vértices de la boca crispados en finas arrugas de sufrimiento.