Los Lanzallamas
Los Lanzallamas A veces he pensado que debía odiarme profundamente, y que sólo se quedaba a mi lado para martirizarme. Y sin embargo, él era el mismo hombre. El mismo hombre que un día me había acariciado con manos tímidas de rubor, el mismo hombre que apoyaba la cabeza en mis rodillas, sentado a mis pies, y a quien yo entonces miraba con asombro mezclado de burla; porque al fin y al cabo, era una mujer como cualquier otra para merecer tan exagerada adoración.
Ahora, en cambio, cuando él no se daba cuenta me entretenía en espiarlo, buscando en las contracciones de su semblante y en esas luces fugitivas del perfil de la pupila la naturaleza de sus sentimientos; pero era inútil. Yo estaba junto a él, y sin embargo no me pertenecía.
Era mi marido de nombre… eso, de nombre. En el fondo quizá me estimara. El odio en él estaría mezclado por la estima que se siente hacia las personas a las que se hace sufrir injustamente… nada más.