Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Y es que no me quería. Yo observaba que no me quería, porque toda observación que le hacía respecto a nuestros intereses la acogía con una frialdad respetuosa, asintiendo por completo a mi voluntad, no rebelándose nunca, poniendo una especie de atención a sus pensamientos y egoísmo…, de tal manera que su flamante amabilidad era un cristal interpuesto entre su alma y la mía. Cada vez que yo quería acercarme a él, mi frente chocaba con ese invisible cristal. Y si yo le hubiera pedido que se tirara a un pozo, posiblemente lo hiciera con esa misma indiferencia con que a fin de mes me entregaba su sueldo completo, tal cual se lo habían colocado en el sobre.