Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Más tarde, cuando ocurrió un gravísimo suceso entre nosotros, observé esto: renunciaba con una especie de indiferencia burlona a todo lo que le era más querido y que le había costado esfuerzos inmensos obtener. ¿Cómo explicarse esa conducta? Se reía hoy de aquello que ayer le había costado lágrimas… y que seguiría haciéndolo llorar mañana. Buscaba ya el sufrimiento. Dios solo sabe lo que ocurriría en el fondo de aquella pobre alma. A medida que pasaban los días lo quería más. Lo quería como una mujer, lo quería con toda mi feminidad más dulce, más complaciente, más humillada; y yo, que por él nunca me había preocupado de mi tocado, comencé a cuidar el detalle. Cuando él volvía de la oficina me encontraba vestida como para salir, linda si se quiere, y no terminaba de transponer el umbral cuando yo me había cogido de su brazo, y colgada casi de él lo acompañaba hasta el comedor, pero él fríamente me besaba en una mejilla, y con esa voz lejana y clara con que conversamos con las personas que no nos interesan contestaba a mis preguntas, cuidando de que fueran precisas, como si se tratara de uno de los tantos informes que redactaba en su oficina. Y yo, que nunca me había pintado, lo esperé un día con los labios y las mejillas teñidas, y al verme así, sonriendo irónicamente, dijo por todo comentario: