Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Algunas veces, cuando yo me recostaba, de pronto, sin que su actitud se explicara, sentábase a la orilla de mi cama, y con una lentitud de extrañeza me acariciaba el cabello sobre la frente, con la yema de los dedos me alisaba las pestañas, los párpados, ponía la cálida palma de su mano sobre mi garganta y de pronto me besaba en la boca con esa frialdad brutal de los hombres que tratan a bofetadas a las mujeres y hacen de ellas lo que quieren. Yo trataba de resistirme a ese salvaje modo de su ser, pero era imposible. De pronto el alma se me llenaba de una misericordia enorme: él era quien tanto me había querido; y entonces yo levantaba mi mano hasta su rostro, mis dedos se detenían en sus ásperas mejillas frías o le apretaba la boca; sus ojos estaban muy próximos a los míos y de pronto ocurría algo horrible: él sonreía cínicamente, y dándome la espalda se retiraba a su cuartito, donde, estirado en la cama, se quedaba pensando, con las manos en asa debajo de la nuca.








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