Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Junto al vidrio de un café de cocheros, un vidrio lleno de polvo iluminado por el sol, estaba él, tristemente apoyada la mejilla en la palma de la mano. Miraba la cornisa de una casa frontera, pero sin verla, con la frente arrugada, vaya a saber pensando en qué. Yo me detuve para observarlo. Era mi esposo… ¿Qué hacía allí, en ese lugar repugnante, con la mejilla casi apoyada en el vidrio sucio, y una franja de sol iluminando la galera de los cocheros que hacían círculo en torno de las mesas? En la puerta del café, un japonés conversaba con un hombre de pierna de palo. El alma se me encogió de tristeza. Yo lo miraba a él como si fuera otro; otro que hacía mucho tiempo se había perdido en mi vida, y que de pronto el azar me lo presentaba desnudo de toda máscara en un antro espantoso.