Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Se veía que la gente que allí estaba hacía un ruido tremendo. Golpeaban con los puños las mesas, pero él como si estuviera sordo, permanecía en su desagradable postura, la mejilla en la palma de la mano, las pupilas fijas en un punto invisible de la cornisa marrón, los labios contraídos en un mohín de sufrimiento y de voluntad. Su taza de café era una colmena de moscas, pero él no veía nada. Y, sin embargo, era mi esposo, el mismo que un día fuera tan tímido en ademanes dulces y que apoyaba la cabeza en mis rodillas. Y ahora estaba allí. Sólo le faltaba estar dormido o cabecear frente a un vaso de vino para que su aspecto derrotado fuera más horrible.

De pronto comprendí que si me quedaba un minuto más frente a ese lugar me echaría a llorar, y me fui… Me fui sin atreverme a llamarlo.

Luego hubo una época en que pareció tener miedo, desconfiarme. Recuerdo que una mañana, en circunstancias en que se estaba poniendo el cuello frente al espejo, de pronto soslayándome, dijo:

—¿Te acordás de Lauro y Salvatto? Sí, eran pescadores, y llevaban un clavel en la oreja. Con ellos lo hizo asesinar a su marido la Guillot. ¿Te das cuenta? Se enamoraría de verlos pasar por la mañana en la calle, con un clavel tras de la oreja y cantando alguna canzoneta napolitana.


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