Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Me ultrajaba porque sí. Llevaba en el corazón una alegría siniestra, que le encandilaba los ojos. Y, cosa que nunca hizo, comenzó a cuidar su elegancia. ¿De dónde sacaba el dinero? No lo sé. Posiblemente ganara a la lotería, porque poco antes de nuestra ruina encontré en un cajón un mazo de billetes. El caso es que se compraba camisas de seda, medias caras, en fin, hasta se bañaba todos los días. Con eso lo digo todo.

Sin embargo, su siniestra alegría no lo distraía. Tenía momentos más oscuros que una fiera amaestrada. Fermentaba ferocidad. No buscaba nada más que pretextos para estallar. Así, la retaba injustamente a la sirvienta por no cuidar más de los muebles, y exclamaba, con un tono de voz que hasta los vecinos podían escucharlo:

—Estos muebles cuestan dos mil pesos. Esta alfombra cuesta cuatrocientos pesos… 

Y como el más vil rastacuero enumeraba el precio de las cosas, mientras que la criada lo miraba roja de indignación. Y yo sabía que todo ese interés por las cosas que me pertenecían era falso, que a él se le importaba un ardite el valor de los muebles y de las alfombras, y que esos furores de advenedizo eran la explosión de sentimientos desviados, de ansiedades no satisfechas y de aquel misterio que su alma escondía con más pudor que si fuera un cáncer.


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