Los Lanzallamas

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—¿Por qué dice usted esto? ¿Qué tiene que ver con mi visita? —y los ojos de Hipólita chispearon maliciosamente.

El Astrólogo arrancó un puñado de hierba del lugar donde apoyaba la mano, se lo mostró a Hipólita, y dijo:

—Lo que estoy diciendo tiene un símil con este pasto. Lo otro son los hierbajos del alma. Los llevamos adentro… hay que arrancarlos para dárselos de correr a las bestias que se nos acercan y envenenarles la vida. La gente indirectamente busca verdades. ¿Por qué no dárselas? Dígame, Hipólita, ¿usted ha viajado?

—He vivido en el campo un tiempo… con un amante.

—No… yo me refiero a si ha estado en Europa.

—No.

—Pues yo sí. He viajado, y de lujo. En vagones construidos con chapas de acero esmaltadas de azul. En transatlánticos como palacios… —miró rápidamente de reojo a la mujer—. Y los construirán más lujosos aún. Barcos más fantásticos aún. Aviones más veloces. Vea, apretarán con un dedo un botón, y escucharán simultáneamente las músicas de las tierras distantes y verán bajo el agua, y adentro de la tierra, y no por eso serán un ápice más felices de lo que son hoy… ¿Se da cuenta usted?


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