Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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No quise oír más, y me volví al dormitorio. Antes de salir, Remo vino a despedirse de mí con un beso. Lo miré perpleja. ¿Ese era mi marido? ¿El hombre que quería “salvar un alma”? Hay circunstancias en la vida en que las palabras más santas se convierten en tan grotescas, que una no sabe realmente si llorar o reír.

Momentos después entró la prostituta a mi cuarto, trayendo una taza de café con leche. Observé que no se atrevía a mirarme en los ojos. No le dije una sola palabra; se acercó temblando, me alcanzó la bandeja, y entonces, serenamente, tomé la taza, la miré sonriendo, y sin decirle una palabra le tiré la leche a la cara.

Ella retrocedió sorprendida, me observó, luego inclinó la cabeza y dijo:

—Usted tiene razón, señora. Su marido es un loco.

La miré, sin decirle una palabra. Salió del cuarto, sentí cómo se lavó y vistió, luego entró a mi cuarto y dijo:

—Perdóneme, señora; su marido es un loco. Y me voy. Perdóneme.

Y se fue.

A mediodía llegó Remo. Yo continuaba en la cama. Tenía fiebre. No viéndola a la prostituta, me preguntó:

—¿Y Aurora, dónde está?

—Se fue para siempre —le contesté.


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