Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Una semana después de llegar a casa ocurrió el hecho repugnante. Nos habíamos acostado. Era muy pasada la medianoche. Yo me desperté bruscamente, como si me hubieran llamado. Al acordarme, me da frío todavía. Alargué el brazo y Remo no estaba en la cama. En el otro cuarto se escuchaban ciertos quejidos débiles. No sé cómo hice para dominarme. El corazón me daba en el pecho golpes tremendos. Pasó media hora. Remo entró de nuevo al cuarto, despacio, sin hacer ruido. Yo no dije una palabra. No me moví. Poco después él se durmió, pero yo vi llegar el amanecer. Estaba mortalmente tranquila, como si tuviera que morir de un momento a otro. Remo se levantaba temprano; esa mañana la prostituta también se levantó temprano. Yo me di cuenta de que iban a reunirse en la cocina; ella, con el pretexto de preparar el café para él, que tenía que salir a trabajar. La cocina tenía pared medianera que no estaba aún terminada, de manera que todo lo que se hablaba allí podía escucharse desde afuera. Salí descalza, escondiéndome tras el muro. Tuve la sensación de que se abrazaban; luego, hablaron, y entre otras palabras ella dijo:
—Tenés que elegir, Remo… Yo no puedo vivir así. Tengo el presentimiento de que ella nos escuchó anoche. Es muy zorra esa mujer.