Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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¡Qué días ésos! Sí, yo estaba aparentemente tranquila; por dentro, en cambio, vivía extraordinariamente inquieta. ¿En qué terminaría esa aventura? Remo pensaba buscarle empleo, pero la muchacha no era mujer de resignarse a ganar un sueldo miserable para vivir honradamente. “¿Con qué ventaja?”, decía ella. Por las noches yo no dormía casi. Ella se preparaba una cama en el comedor. Inevitablemente, nuestros cuartos se comunicaban. Cierto es que yo cerraba la puerta central con una vuelta de llave, pero esto no impedía que estuviera intranquila, enormemente triste, cuando llegaba la noche. 

Muchas veces, poco antes de acostarme, sorprendía sobre mí los ojos fijos de esa muchacha, que me miraba como si quisiera hacerme daño. En cuanto la observaba, sonreía tímidamente con sus labios finos. A veces se quedaba silenciosa en un rincón. Con su cabellera encrespada, la nariz larga y los ojos como cubiertos de una neblina, me producía la impresión de que tenía al lado una joven asesina.






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