Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Todavía entrevé la cónica brasa del cigarrillo que ilumina con resplandores rojos el demacrado perfil de Erdosain. La mano del demonio corta lentamente las capas de oscuridad con el tizón rojo. Las palabras brotan ácidas de su boca invisible, vacilan un instante en la superficie de las tinieblas, y luego se sumergen como gotas de corrosivo en el alma de Elsa:

—Es horrible, pero nosotros nos queremos ―decía Erdosain―… Y sin embargo, pienso que si te he hecho sufrir era porque te quería. Mas si te quería, era porque sentía necesidad de humillarte. Cuando te atormentaba, el remordimiento me acercaba a vos…

Elsa trata de dominar el furor subterráneo que le encrespa el alma, y aparentemente fría responde:

—Es inútil… tenés que caer en algún pozo. Entonces te acordarás de mí y de todo lo que hiciste, pero ya no estaré a tu lado… No, no estaré…

Comentaba más tarde Elsa: ¿Cree usted que mi contestación lo enterneció? Por el contrario, reflexionó tranquilo:

—Hace tiempo que pienso lo mismo. Tengo que caer en algún pozo sin nombre. ¿Te pensás que no lo sé? Claro qué lo sé. ¡Hace tantos años que lo sé!

Su tono se hizo confidencial y dijo:


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