Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Mirá, nunca te conté este sueño que tuve antes de casarme con vos. No fue un sueño, sino una visión en pleno dÃa, ¿sabés? Me veÃa viejo, te habÃa abandonado para seguir a otra; luego, una noche de tormenta, volvÃa solo, roto como un atorrante… y vos me esperabas… hacÃa muchos años que me esperabas.
—¿Y lo que pensás vos tratás después por todos los medios de que se realice? ¿Te crees que no lo sé?
Pocas veces Erdosain se expansionaba, mas esta vez descubrió un recoveco de su alma:
—Pero decime… ¿Por qué esto… siempre esto? Es un dolor que no se calma… un sufrimiento extraño. Te he recordado siempre, estando al lado de cualquier mujer. Mirá, aun de las que quise… Me besaban, y en ese momento en que me besaban tu cara pasaba por mis ojos… Ellas me miraban a los ojos… Yo no; al vacÃo… y en el vacÃo miraba tu cara, como si estuviera apenas dibujada en una pelÃcula de vidrio.
—SÃ… sÃ…
—Si alguien me preguntara por qué he sido asà de cruel con vos, no sabrÃa qué contestarle.
Y el tizón de su cigarrillo describió una curva bermeja en las tinieblas. El demacrado perfil de Erdosain se iluminó de relieves rojos. Continuó: