Los Lanzallamas

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»A veces decía: “¿Qué objeto tiene la vida?” ¿Se da cuenta usted los problemas del siniestro pelafustán? Además, pensaba siempre en la mirada que ella le arrojó, como una súplica, antes de salir a la calle. Una tarde, sin decir palabra, sin tocar ni uno de los tres mil pesos que había en la mesa de luz, después de meditar algunos minutos en la verdad que había descubierto: “la vida no tiene objeto”, se disparó un tiro al corazón; pero el proyectil, al tropezar con una costilla, se desvió. Dos meses después, al salir del hospital, su primer acto fue instalar en Mercedes un prostíbulo, en sociedad con un rufián napolitano llamado Carmelo.

Erdosain no comenta el suceso. ¡Qué le importa que el Rufián haya muerto! Él tiene también sus problemas terribles. Además, camina extrañado, como a través de una ciudad desconocida. Algunos techos, pintados de alquitrán, parecen tapaderas de ataúdes inmensos. En otros parajes, centelleantes lámparas eléctricas iluminan rectangulares ventanillas pintadas de ocre, de verde y de lila. En un paso a nivel rebrilla el cúbico farolito rojo que perfora con taladro bermejo la noche que va hacia los campos.




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