Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Pero yo estarÃa sordo, tomándome el dedo gordo del pie, mientras humeaba el tubo de la ametralladora. Quizá mirara tristemente el confÃn del mundo en un atardecer naranja.
—Danos un pedacito, miserable, canalla.
—Hombre hermoso, danos un pedacito. Hijo de entrañas podridas. Canalla.
Pero yo estarÃa sordo, tomándome el dedo gordo del pie, mientras humeaba el tubo de la ametralladora a la izquierda de mi cabeza. Todos se romperÃan las uñas rascando el durÃsimo bloque, como una ola gris avanzarÃa la gusanera humana: mujeres con martillos de picapedreros, y hombres con navajas cortÃsimas. Algunos, de tanto arañar la base del cubo de oro sólo tendrÃan muñones; otros al pie del bloque abrieron cavernas y, mostrando sus órganos genitales, andan en cuatro patas como bestias, mientras le arrojan mordiscones a la superficie del oro.