Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Golpea con el puño la fachada de una casa. Allí hay un tablero color de hígado; seguramente la persiana de un almacén, donde entre velas de sebo se encuentran bolsas de arroz, trozos de jabón y una ristra de cebollas colgando del techo encalado. Golpea con el puño.

—Si me pusiera smoking y galera de felpa, sufrirĂ­a lo mismo. Si pudiera volar a trescientos mil kilĂłmetros por hora… cifras… cifras… Entonces… ÂżY?… 

Arruga la frente, se aprieta los dedos, haciendo crujir los huesos de las falanges. Toca la oscuridad de la noche, alta sobre la ciudad como un ocĂ©ano sobre un mundo sumergido. 

―Podría venir una mujer y besarme… Sería más feliz si viniera una mujer y me besara hasta el tuétano. Oro. Pongamos por ejemplo que esta calle se llenara de oro. Tiene cien metros de largo. Veinticinco de ancho. Cinco de altura. Cinco por cien, quinientos, por veinte, diez mil… más cinco… bueno, lo que sea… Oro macizo, cúbico, pesado. Yo estaría sentado arriba en cuclillas, tomándome el dedo gordo del pie. Junto a mi cabeza humearía la boca de una ametralladora. Yo miraría tristemente al mundo. Vendrían hombres, mujeres, ancianos, corcovados en muletas, se acercarían dificultosamente a la vertical amarilla. Arriba humea el tubo de la ametralladora. Inventores, dactilógrafas, mirándome hambrientamente, dirían: “Danos un pedacito”.


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