Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Erdosain se detiene espeluznado. Es como si le encarrilaran el pensamiento en una elÃptica metálica. Cada vez se alejará más del centro. Cada vez más existencias, más edificios, más dolor. Cárceles, hospitales, rascacielos, superrascacielos, subterráneos, minas, arsenales, turbinas, dÃnamos, socavones de tierra, rieles; más abajo vidas, suma de vidas.
—Al margen de Dios se ha realizado todo esto. Y este Dios… Decime, ¿qué hiciste vos por nosotros?
La boca de Erdosain se llena de una mala palabra. La mala palabra le deforma las mejillas, le deja los dientes porosos, acidulados.
El insulto estalla:
—¡Canalla!
Cierra los ojos. Camina con los ojos cerrados. Sabe que se desvÃa, emboca nuevamente el centro de la vereda. Le arden las espaldas. Repite:
—Todo es inútil. Si se hiciera un agujero que pudiera llegar al otro lado de la tierra, allà también se encontrarÃan sufrimientos. Turbinas, cárceles, superrascacielos. DÃnamos que zumban, minas, arsenales. Puertas de casas. Hombres que toman amorosamente a su gato por el vientre.