Los Lanzallamas
Los Lanzallamas ―El hombre… ¡Oh!… ¡oh!… ¿Y para qué todo eso? ¿Para qué los submarinos y los altos hornos y las máquinas? En cada metro cúbico hay un simio blanco meditando con ojo triste en la fragilidad de su tierna piel. La sÃfilis vive en la salada leche donde flotan los vibriones. Y de pronto el simio blanco se despereza, su ojo triste se inflama y a gatas, con los testÃculos colgando como los de un león, se arrastra hacia la hembra, que espera triste y enancada entre las columnas de acero de una máquina elevada. Pesadamente cae una gota de aceite en el piso, y un sol blancuzco filtra a través de los altos vidrios de las claraboyas su siniestra claridad de postrimerÃa planetaria.
Erdosain olfatea su pequeña alegrÃa. Algún dÃa asà será. Y luego ve al simio blanco que se retira nuevamente a su metro cúbico de mamposterÃa y se queda sentado, con el codo de un brazo apoyado en la rodilla y el mentón en la palma de la mano, mientras que la arrugada piel se mueve sobre la frente, inquiriendo el origen de la gotera de aceite. Estos pensamientos lo sobrecogen a Erdosain. Se toma sobrecogido la cabeza. Su dolor es más monótono que el estúpido oleaje del mar. Gris sobre gris, negro sobre negro. A momentos lo sorprende; se dice que este dolor no estaba en él hace algunos años. Su sufrimiento se ha multiplicado en castigo, y su desesperación acrecentada renueva su movimiento desde que se despierta hasta que se duerme.