Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—Cuando eras chiquito jugabas al inocente juego feroz de bombardear fortalezas. Te has hecho hombre, y querés cambiar el juego de las fortalezas que bombardeabas en la soledad por el juego de las fábricas de gas. ¿Hasta cuándo seguirás jugando, criatura?

—Yo le besaba las manos. Una angustia atroz me retorcía el alma. Me separé de él y le besé los rotos botines. Él, inmóvil, con el correaje cruzado sobre su pecho, los ojos abombados de una claridad sobrehumana, miraba a lo lejos. Yo le dije:

—Padre, padre mío: estoy solo. He estado siempre solo. Sufriendo. ¿Qué tengo que hacer? Me han roto desde chico, padre. Desde que empecé a vivir. Siempre me han roto. A golpes, a humillaciones, a insultos. He sufrido, padre.

Las palabras se le escapaban a Erdosain entre sollozos ahogados. Estaba ahogado por el llanto.

—No puedo más, ahora. Estoy por dentro magullado, roto, padre. Me han destrozado como a una res. Igual que en el matadero.

Las lágrimas caían del rostro de Erdosain sobre el piso como las gotas de una lluvia. Súbitamente entró en Erdosain una paz sobrehumana. Cuando levantó la cabeza, el gaseado no estaba ya allí.

Nunca pudo saber quién era el enigmático visitante.


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