Los Lanzallamas
Los Lanzallamas “No sería correcto preguntarle”, se dice Erdosain; pero el deseo de averiguar late en él. Por fin se resuelve y dice:
—¿A usted con que lo gasearon?
—Con Cruz Azul.
Erdosain murmura para sí: “¡Cruz verde! ¡Cruz amarilla! ¡Cruz azul!… ¡Oh la poesía de los nombres infernales! Jesús está tras de cada cruz: la Cruz verde, la Cruz amarilla, la Cruz azul… Compuestos cianurados, arsenicales…, gaseados en el fondo de los embudos. ¡Compañeros míos!… ¡Dioses más grandes que mi dolor!”
Erdosain llora silenciosamente, la cabeza apoyada en el brazo. Lágrimas ardientes escalan sus mejillas. El gaseado se inclina sobre Erdosain:
—Llorá, chiquito mío. Tenés que llorar mucho todavía. Hasta que se te rompa el corazón y ames a los hombres como a tu propio dolor.
—Nunca —contábame más tarde Erdosain— experimenté un consuelo más extraordinario que en aquel momento. Le tomé las manos al gaseado y se las besé, cayendo de rodillas frente a él. No me miraba; tenía los ojos clavados en su distancia terrible. Apoyó una mano en mi cabeza y dijo: